El simio y la dama
- Texto de Guillermo Fadanelli
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Cuando una mujer se desnuda su rostro embellece. Un pudor que viene del principio del mundo, una malicia que se asoma en los ojos, un saberse mirada hace que su rostro se imponga sobre su desnudez. Apenas tengo frente a mí una mujer desnuda miro sus ojos, acaso sus pies, sus rodillas, la curva de sus hombros, pero ignoro su sexo que no es más que un cuerpo sin metáfora, una aporía. Ya habrá tiempo de estar dentro de ese sexo esperando a que llegue la muerte.
Más secreta cuanto más te desnudas, dice un poema de Tomás Segovia, más lejana también. Apenas comienzan las mujeres a desnudarse, un telón opaco cae sobre el escenario, no porque al hacerlo acepten su rendición, sino porque ha llegado su hora de esconderse. Los zapatos, las medias, un vestido ligero, son breves pasos hacia la muerte, en cuanto se van despojando de estas prendas las mujeres desaparecen, se transforman en árboles, en cuerpos salvajes, en manchas. Pero queda su rostro que es el Sol de los idealistas, de los idiotas metafísicos, un rostro que hipnotiza porque desde sus ojos se asoman los dioses más ancianos para burlarse de nosotros. Fornicas: de pronto tienes todo porque no tienes nada y caes agotado sobre ese cuerpo que por unos minutos, unas horas lo parecía todo, te desplomas sin semen, sin fuerzas en su vientre o en medio de sus senos, o muerdes sus tobillos desesperado. Es justo en ese momento cuando sabes que has perdido todas las guerras.
Es evidente, escribía un Baudrillard resignado, que una mujer siempre sabrá acariciar mejor a otra mujer que cualquier hombre. Es una apreciación arriesgada, pero en tantos casos cierta: las mujeres conocen su cuerpo porque lo vuelven realidad sumando las miradas codiciosas, excitadas de los otros: saben bien que desde la curva de sus muslos varias vidas pueden resbalar e irse al infierno. Dos mujeres acariciándose son la absoluta metáfora del vacío, de un placer sin descendencia, ni principio, ni fin. Los celos que me despiertan las mujeres que se miran entre sí, cómplices de un erotismo al que no estoy invitado, son enormes, me destruyen, pero también me convierten en un ser resignado, o más bien paciente: no me interesa mirarlas acariciarse porque no quisiera volverme un especialista de mi propia desesperación.
Me gusta mirar a una mujer caminar en la habitación, como si yo no existiera, verla abrir cajones, cambiarse de ropa, mirarse al espejo, me asombra que para leer en un sillón o en la cama se dejen sólo las bragas y una camiseta casual. En El teatro de Sabbath, la novela de Philip Roth, el personaje descubre a su mujer en la cama con otra mujer. En vez de marcharse o armar un escándalo comienza a gemir como un simio, a dar vueltas alrededor de la casa golpeándose con los puños el pecho, a llorar como el gorila que de pronto se ve despojado de su alimento. Tú eres mi carne, todo lo que tengo, no tienes derecho a lanzarte al vacío de otro cuerpo tan hermoso como el tuyo. Esto último no lo escribió Roth. Esto lo digo yo.